El pequeño monasterio o iglesia de San Miguel de Albiano, junto a Cihuri, estaría formado por una comunidad de pocos miembros, quizá tres. Posiblemente los señores Orbita Aznárez y Sancho Ortiz formaban parte de dicha comunidad, donando al monasterio de San Millán la parte que a ellos les correspondía, con sus posesiones, bienes y derechos, incluso sus personas. De esta forma se ampliaba la implantación que la abadía de San Millán tenía en Cihuri. El monasterio de Albiano, a su vez, quedaba fortalecido y podría constituir o reforzar el priorato y decanía que San Millán tenía en Cihuri.
Albiano disfrutaba del derecho a una carga diaria de leña en los cercanos montes de Bilibio. Una carga pequeña, la que pudiera ser transportada por un borriquillo de cortas orejas, porque los burros grandes se distinguen por sus largas y anchas orejas. El latín del documento original dice textualmente: 'Et cum tali usu ut unus asinus aure curtus de illo monasterio vadat et veniat cotidie ad montes de Bellivio ad ligna ducenda', que traducido significa: "y con tal uso, que un borrico corto de orejas, de aquel monasterio (de Albiano, junto a Cihuri) vaya y venga cada día a los montes de Bilibio para traer leña".
¿Por qué se especifica que el borrico era, debía ser, corto de orejas? Porque es una forma de indicar que el borrico era debía ser, pequeño, un borriquillo, y que la carga de leña a la que el monasterio tenía derecho diario debía acomodarse a las posibilidades y a las fuerzas de tal borriquillo. Que no es lo mismo la carga de un burro de altas espaldas y orejeras, ni menos la de una mula arriera. Sin duda eran medidas bien tasadas y reconocidas en las costumbres primitivas de aquella sociedad medieval. A los burros se les medía la edad por la dentadura y su tamaño y fuerza por las orejas. Al menos en este caso del borriquillo de Albiano.
Aquí tenemos, pues, a nuestro borriquillo de cortas orejas en su diario trajinar Ir y venir. De Cihuri a Bilibio y de Bilibio a Cihuri. No era excesiva la caminata. Ni la carga. Unos ocho o nueve kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Y unas cortas gavillas de leña a sus espaldas. Cuando iba de vacío, el leñador montaba sobre sus lomos.
Cotidie, cada día, un día y otro, todos los días. Y así meses y años. Disciplinado, servicial, tozudo. Pasito a pasito. Porque sus patas también eran cortas, pero seguro. Cargadito siempre con su haz de leña o con su dueño. Sin protestar. Sin ni siquiera mover sus orejitas, porque las tenía cortas. Recibien- do quizá muchos palos del rudo leñador, que descargaría con el sufrido ani- malito todo su malhumor y los sinsabores de la vida.
Nadie hasta ahora se había preocupado del pobre borriquillo de Cihuri y de Bilibio. Pero toda obra buena tiene pronto o tarde su recompensa. Hemos rescatado su memoria, una línea escasa, en un viejo pergamino de San Millán. Todos lo tenían olvidado. Entonces y ahora. Sin embargo, gracias a él, había siempre lumbre, cocina y calor en el molino y en el monasterio de Albiano, filial de San Millán.
A la distancia de casi mil años bien merece nuestro piadoso recuerdo y casi, casi ¿por qué no? hasta nuestra admiración y nuestro homenaje. Me atrevo incluso a bautizarlo con un nombre, mil años después, si no parece irreverencia. Albiano, por el pequeño convento de Cihuri, al que servía con tanta eficacia, modestia y lealtad. Albiano, Albino, Blanquillo, ese es su nombre que le imponemos a título póstumo.
Yo sé que Albino no va a pasar a la historia grande, como Babieca, el caballo del Cid, su contemporáneo. No va a pasar a la historia que llaman grande porque trata de batallas y de guerras, como las que ganaban Babieca y el Cid. Ni Albino lo quiere. Porque Albino nunca supo de campos de batallas, tan sólo conoció el sosiego de Bilibio y la bonanza de Cihuri. Y también esto es historia que llaman pequeña, pero construye la paz.
Albino se parece más a Platero, el inmortal burrito de Juan Ramón Jiménez, tan mimado y tan mimoso. Pero Albino no aspira a la inmortalidad. Aunque la merece. Que también los pequeños, los mansos, los humildes. los anónimos borriquillos de cortas orejas, como Albino, yendo y viniendo de Cihuri a Bilibio y de Bilibio a Cihuri, con su carga de leña, pasito a pasito, dan calor y paz, hacen y construyen historia...
Felipe Abád León