El entusiasmo de los habitantes de Cihuri (¿es correcto llamarlos cihureños?) me anima a seguir con los temas dedicados a este delicioso pueblo de La Rioja Alta, a orillas del Tirón. Pero hoy no lo voy a hacer con palabras propias; me las presta el ilustre e ilustrado hijo de Cihuri don Arturo García, excelente compañero y amigo, que tantas veces me ha paseado con emoción por su pueblo y sus alrededores. Estas son sus palabras, salidas más que de su boca, de su corazón:
Cihuri es un pueblo antiguo y hermoso en el mosaico de La Rioja. Ubicado en la cuenca baja del río Tirón, en una amplia y apacible llanura, enmarcado por una parte por los montes Obarenes, las Peñas de Gembres y las Conchas de Haro, junto al Padre Ebro, y por los términos de Sajazarra, Cuzcurrita, Casalarreina y Anguciana, surcado su término municipal por los ríos Tirón y Oja, que se dan su abrazo de hermanos a las afueras del pueblo, con sus dilatadas choperas, es un lugar ideal para descansar y para vivir. Lugar cobdiciadero para hombre cansado, como diría el príncipe de las letras españolas, el riojano Gonzalo de Berceo.
Un catedrático de la Universidad de Salamanca que hace muchos años, cuando el turismo era sólo patrimonio de selectas minorías, descubrió este hermoso rincón para sus vacaciones, gustaba decir que era un paraíso terrenal sin serpiente.
Turgente el término municipal de ríos, fuentes y manantiales, con una naturaleza abundosa y agradecida, puedes ensayar diversos paseos que son pura delicia.
Por el camino alfombrado del Molino, bordeando las choperas del Tirón, hasta llegar al asombro del Priorato, uno de los rincones más bellos de La Rioja, con su puente románico recién restaurado, monumento nacional, el palacio-convento en perfecto estado de conservación, que luce su escudo de piedra y su gracioso campanil y la parte trasera inundada de pinos.
Se puede continuar el camino por el friso de las bodegas de piedra hasta cerca de la confluencia o el abrazo de los dos ríos hermanos en el límite mismo de los términos de Cihuri y Anguciana. O puedes otro día elegir el camino de Tironcillo de unos horizontes inmensos de llanura, donde imponen su ley las viñas y los pámpanos, salpicados por remolachas y cereales, si no te diriges por unas tierras claramente cerealistas hacia las piedras de Gembres, recalando en el cerro de la Esclavitud para reponer fuerzas, pues allá hay mesa y sombra amiga, y fuente y aromas de fiesta y devoción.
Tenía razón el catedrático de la sabia Salamanca, porque Cihuri es una fiesta de la naturaleza en todas las épocas del año, un verdadero paraíso sin serpiente.
El encanto natural de Cihuri aumenta con su historia, vinculada al gran monasterio de San Millán. De todos es conocida la importancia de estas venerables instituciones monacales en la formación de nuestra cultura. Islas del saber entre océanos de barbarie, supieron conservar los tesoros de la antigüedad y transmitirlos a las futuras generaciones. Eran remansos de virtud, de cultura y de paz, guardianes del derecho y de la libertad.
Según las costumbres de la época, Cihuri fue una donación del Conde Fernán González al monasterio de San Millán y los monjes establecieron aquí su Priorato en el que residía el Prior que había cesado de Abad en San Millán, con sus monjes. El Prior nombraba al alcalde de la villa. Nos dejaron por Patrón a San Clemente, monje benedictino sacrificado en Cardeña con doscientos compañeros, y por Patrona a la Virgen de la Esclavitud, con claras reminiscencias benedictinas. Por todo ello, entre los avatares de los tiempos, permanece en Cihuri el encanto de la naturaleza, el pan de la cultura, la tierra común, las brasas de la fe que da sentido a la vida. Todo eso y mucho más es lo que hace de Cihuri, según el sabio de Salamanca, un paraíso terrenal sin serpiente...
Felipe Abád León